Tras escuchar serenamente tu corazón, te espera la acción más trepidante y decisiva que puedas emprender. Y es que estás hecho para alcanzar aquello por lo que luchas cada día de tu vida; aquello por lo que entregas tu alma sin reparar en la posible pérdida. Sí, estás hecho para consumirte en el fuego de la existencia, arrojando luz en medio de tanta tiniebla y desesperación que te rodea.
Estás hecho para ser libre, y desde tu libertad crecer, depositar en la gran historia tu pequeña y humilde historia. Estás hecho para soñar y hacer realidad tu sueño, por mucho que otros se empeñen en demostrarte que soñar es de ilusos. Nada ni nadie apaga fácilmente la luz que desprende la mirada sedienta de quienes están convencidos de sus propósitos.
Estás hecho para ofrecer tu mano a quien tropieza en el camino que compartes, para apartar a quienes desconfían de tus posibilidades. Estás hecho para alcanzar la meta lejana, aquélla que sólo tu corazón divisa en el horizonte difuso, mientras otros desisten cada día de ese hermoso intento por interpretar la melodía de lo retos personales.
Estás hecho para no rendirte jamás, por grandes que sean los obstáculos, y sentir el orgullo de levantarte tras la caída inesperada e inoportuna. Estás hecho para vibrar con aquello que amas o has aprendido a amar. Estás hecho para lamentar cada derrota, pero también para emocionarte y compartir con los tuyos cada victoria.
Y, a pesar de todo, cuando alguna vez caes, lo haces con la dignidad de quien descubre que no estamos hechos para ganar, sino que estamos hechos para algo mucho más noble y glorioso: vencer.
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